jueves, 17 de junio de 2010

Psicosis mundialera

Por Erick Polhamer

Cuando a inicios del siglo XX Carlos Marx dijo “La Religión es el opio del pueblo” el fútbol estaba en pañales. La revolución bolchevique estalla el año 1917, no en la ya industrializada ciudad de Londres como Marx lo ha­bía vaticinado sino en la agraria Rusia de los zares, lo que demuestra que el plasmador del Manifiesto Comunista no era profeta. Por esos años los fut­bolistas jugaban por tres motivos: por­que les gustaba jugar el bello deporte del fútbol, por amor a la camiseta y por ganarse los porotos, como decimos en Chile, de manera metafórica. Ni a Marx ni a Engels se les ocurrió pensar que un día el verdadero opio del pue­blo iba a ser el violento negocio polé­mico del football rentado.

Para mitigar la angustia existencial u olvidarse por un rato de una sociedad podrida, el ciudadano opta por diver­sas formas de conciencia alienada: el alcoholismo exagerado, el hechizo te­levisivo, la robotización, la ansiolítica ambición económica desenfrenada y esta sicopatología de la vida cotidia­na llamada Pasión por el football.

La diferencia básica entre la neurosis y la psicosis –dice Sigmund Freud-es que el neurótico se percata, se da cuenta, tiene una percepción de la misma: sabe que está neurótico; du­rante el episodio sicótico la persona no se da cuenta, no le cae la teja de que no está en sus cabales; es en es­tos estados de conciencia cuando, por ejemplo, el boxeador Carlos Monzón, asimilando mal el refrán “quien te quiere te aporrea”, empuja a su novia desde el balcón al cemento desde un alto piso y así de crudo: la mata. Dicen que el púgil había leído a Diógenes. Una vez pasaba Diógenes por una pla­za, por un ágora de Atenas, apogeo del siglo V .a.c y ve a tres mujeres muer­tas colgando de la rama de un roble, ahorcadas. Dice: “ojalá todos los árbo­les dieran los mismos frutos”. Esta era una anécdota. Sigamos con el football.

Está claro que las atmósferas premun­dialeras son bastante sicotizantes: la pega de las agencias de publicidad por elaborar del modo más efectivo eso que algún sociólogo lúcido llamó Las Formas Ocultas de la Propaganda, vender avisos publicitarios a granel, crear formas de identificación emocio­nal irracionalista en el psiquismo de la masa popular adicta al opio del fútbol, es dura, pero bien se paga en cash.

El football es un juego hermoso. Como todos los juegos. El fútbol se estropea cuando priman las mafias económicas sobre los artistas del deporte que son los futbolistas y los entrenadores, los cuales, por pecado de inercia, coope­ran, indirectamente, con esas mafias ¿Qué dice la voz del futbolista? Pato Yánez, se manifestó sumamente mo­lesto con ciertos dirigentes alieníge­nas practicantes del viejo ejercicio de la explotación del hombre por el hom­bre. Tito Foullouix “Los ingenieros comerciales le mataron el alma a Ca­tólica” (habría que especificar cuáles. Sé de ingenieros comerciales santos).

La peste emocional ha asesinado ju­gadores por meter un autogol; los hijos de Carlos Caszelli fueron apedreados al entrar a clases por que al Chino se le fue un penal contra Austria. Cuando Uruguay vence en el Maracaná a Bra­sil en el Mundial del 50, decenas de bra­sileros se suicidaron al final del parti­do arrojándose desde la altura al duro cemento mortal. Si eso no es psicosis…

La Historia de la Estupidez Humana es una trilogía sociológica que consta de tres tomos. No hay que ser Einstein para inferir que una persona transida en estado de alienación competitiva bañada en peste de plaga emocional (las emociones son maravillosas, las horrorosas son aquellas que emanan de una esfera emotiva dañada) y que es capaz de escupir el rostro de otra persona porque es de otro equipo o na­ció en otro país, está subsumida en las nieblas peligrosísimas de la sicopatía.

Otra cosa: cuando decimos Chile jue­ga contra Honduras, se trata de una metonimia ¿Qué es una metonimia? Un figura retórica de pensamiento que trata de asimilar la parte por el todo o el todo por la parte. Los piropos son metonímicos ¿Qué linda le queda su minifalda roja mijita? El subtexto es claro: la bonita, la que es entera rica es ella. La parte es la minifalda. Ocupa el lugar del todo (la mujer, la mina, la musa, la musaraña), etcétera. Un gran número de chilenas y chile­nos no está ni ahí con el mundial de fútbol. Están ocupados de asuntos mil veces más importantes: salvar el pla­neta, eliminar la pobreza, optimizar la educación, aumentar la felicidad humana, pensar un país equitativo, visitar centros de observación astro­nómica, cultivar la serenidad y el estoicismo, crear áreas verdes, prac­ticar otros deportes, leer los clásicos –Quevedo, Góngora, Borges, Ernesto Sábato-, orar por la salvación de los seres queridos (¿qué ser puede ser no querido?), trasladar a las manadas pe­ligrosas de perros vagos de las ciuda­des a áreas donde se sientan en equi­librio con los ecosistemas, etcétera.

Desde mi perspectiva entiendo el fer­vor futbolero por éste y todo otro Mun­dial. Lo siento: el ‘62 en Chile fue una fiesta universal. De mito hay harto, como en casi todo, pero el mito cuando no da vida mata; el Mundial del 62 en Chile fue tan bueno que dio para mi­tologías. Cada partido es una película. Los mejores jugadores del mundo com­piten entre sí para llegar lo más arriba posible (un arriba que sólo existe en la imaginación, en última instancia, por cierto). Marcelo Bielsa, “El éxito dura un minuto”, “Al otro día se olvida todo”. Otra cosa es ponerse demasia­do opio en las venas abiertas de Shile Shile lindo y ponerse chovinista y a la vela ¿Qué es el chovinismo? Confundir el normal, necesario, hermoso y sano amor al país de donde oriundo se es, con usar de pijama la bandera de ese país durante treinta días con sus noches a la espera del debut de la selección chilena de fútbol versus la selección de Honduras, empapado en el delirio esquizoide de que hay sólo un país hermoso ( el de uno), pensamiento con­vergente que por añadidura tenderá a ponerle el balde en la cabeza al faná­tico a ultranza, quien caerá, sin darse cuenta, en el mal de la miopía, odian­do todo lo que se mueva y que no sea la flameante bandera del país de uno.

Afortunadamente, los mejores jugado­res, entrenadores y dirigentes nobles de todos los tiempos en la Breve His­toria del Fútbol –Jules Rimet, Franz Beckenbauer, Elías Figueroa, Pelé, Maradona, Sergio Livingstone, Leo­nardo Pollo Veliz, Fernando Riera, Leonel Sánchez, Alexis Sánchez, Ha­rold Mayne Nicols, Claudio Borghi, Marcelo Bielsa y tantos otros- de­fendiendo, dejando todo en la can­cha por los colores propios, jamás ca­yeron en la psicopatía de no ver que todas las flores son necesarias en el jardín donde caben todas las flores.

Mientras el amor a la patria no se dis­torsione en irritable chovinismo odioso y el amor deportivo universal domine sobre las bajas pasiones confusas, cómo no gritar conciudadanos ¡viva Chile! cuando la Roja de Todos, nosotros, los adictos a la droga impune del balompié, veamos salir a la cancha, emocionados –cómo no- una vez más, a la oncena popular, bajo el caliente sol hermo­so del hermano continente africano.

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