Cuando a inicios del siglo XX Carlos Marx dijo “La Religión es el opio del pueblo” el fútbol estaba en pañales. La revolución bolchevique estalla el año 1917, no en la ya industrializada ciudad de Londres como Marx lo había vaticinado sino en la agraria Rusia de los zares, lo que demuestra que el plasmador del Manifiesto Comunista no era profeta. Por esos años los futbolistas jugaban por tres motivos: porque les gustaba jugar el bello deporte del fútbol, por amor a la camiseta y por ganarse los porotos, como decimos en Chile, de manera metafórica. Ni a Marx ni a Engels se les ocurrió pensar que un día el verdadero opio del pueblo iba a ser el violento negocio polémico del football rentado.
Para mitigar la angustia existencial u olvidarse por un rato de una sociedad podrida, el ciudadano opta por diversas formas de conciencia alienada: el alcoholismo exagerado, el hechizo televisivo, la robotización, la ansiolítica ambición económica desenfrenada y esta sicopatología de la vida cotidiana llamada Pasión por el football.
La diferencia básica entre la neurosis y la psicosis –dice Sigmund Freud-es que el neurótico se percata, se da cuenta, tiene una percepción de la misma: sabe que está neurótico; durante el episodio sicótico la persona no se da cuenta, no le cae la teja de que no está en sus cabales; es en estos estados de conciencia cuando, por ejemplo, el boxeador Carlos Monzón, asimilando mal el refrán “quien te quiere te aporrea”, empuja a su novia desde el balcón al cemento desde un alto piso y así de crudo: la mata. Dicen que el púgil había leído a Diógenes. Una vez pasaba Diógenes por una plaza, por un ágora de Atenas, apogeo del siglo V .a.c y ve a tres mujeres muertas colgando de la rama de un roble, ahorcadas. Dice: “ojalá todos los árboles dieran los mismos frutos”. Esta era una anécdota. Sigamos con el football.
Está claro que las atmósferas premundialeras son bastante sicotizantes: la pega de las agencias de publicidad por elaborar del modo más efectivo eso que algún sociólogo lúcido llamó Las Formas Ocultas de la Propaganda, vender avisos publicitarios a granel, crear formas de identificación emocional irracionalista en el psiquismo de la masa popular adicta al opio del fútbol, es dura, pero bien se paga en cash.
El football es un juego hermoso. Como todos los juegos. El fútbol se estropea cuando priman las mafias económicas sobre los artistas del deporte que son los futbolistas y los entrenadores, los cuales, por pecado de inercia, cooperan, indirectamente, con esas mafias ¿Qué dice la voz del futbolista? Pato Yánez, se manifestó sumamente molesto con ciertos dirigentes alienígenas practicantes del viejo ejercicio de la explotación del hombre por el hombre. Tito Foullouix “Los ingenieros comerciales le mataron el alma a Católica” (habría que especificar cuáles. Sé de ingenieros comerciales santos).
La peste emocional ha asesinado jugadores por meter un autogol; los hijos de Carlos Caszelli fueron apedreados al entrar a clases por que al Chino se le fue un penal contra Austria. Cuando Uruguay vence en el Maracaná a Brasil en el Mundial del 50, decenas de brasileros se suicidaron al final del partido arrojándose desde la altura al duro cemento mortal. Si eso no es psicosis…
La Historia de la Estupidez Humana es una trilogía sociológica que consta de tres tomos. No hay que ser Einstein para inferir que una persona transida en estado de alienación competitiva bañada en peste de plaga emocional (las emociones son maravillosas, las horrorosas son aquellas que emanan de una esfera emotiva dañada) y que es capaz de escupir el rostro de otra persona porque es de otro equipo o nació en otro país, está subsumida en las nieblas peligrosísimas de la sicopatía.
Otra cosa: cuando decimos Chile juega contra Honduras, se trata de una metonimia ¿Qué es una metonimia? Un figura retórica de pensamiento que trata de asimilar la parte por el todo o el todo por la parte. Los piropos son metonímicos ¿Qué linda le queda su minifalda roja mijita? El subtexto es claro: la bonita, la que es entera rica es ella. La parte es la minifalda. Ocupa el lugar del todo (la mujer, la mina, la musa, la musaraña), etcétera. Un gran número de chilenas y chilenos no está ni ahí con el mundial de fútbol. Están ocupados de asuntos mil veces más importantes: salvar el planeta, eliminar la pobreza, optimizar la educación, aumentar la felicidad humana, pensar un país equitativo, visitar centros de observación astronómica, cultivar la serenidad y el estoicismo, crear áreas verdes, practicar otros deportes, leer los clásicos –Quevedo, Góngora, Borges, Ernesto Sábato-, orar por la salvación de los seres queridos (¿qué ser puede ser no querido?), trasladar a las manadas peligrosas de perros vagos de las ciudades a áreas donde se sientan en equilibrio con los ecosistemas, etcétera.
Desde mi perspectiva entiendo el fervor futbolero por éste y todo otro Mundial. Lo siento: el ‘62 en Chile fue una fiesta universal. De mito hay harto, como en casi todo, pero el mito cuando no da vida mata; el Mundial del 62 en Chile fue tan bueno que dio para mitologías. Cada partido es una película. Los mejores jugadores del mundo compiten entre sí para llegar lo más arriba posible (un arriba que sólo existe en la imaginación, en última instancia, por cierto). Marcelo Bielsa, “El éxito dura un minuto”, “Al otro día se olvida todo”. Otra cosa es ponerse demasiado opio en las venas abiertas de Shile Shile lindo y ponerse chovinista y a la vela ¿Qué es el chovinismo? Confundir el normal, necesario, hermoso y sano amor al país de donde oriundo se es, con usar de pijama la bandera de ese país durante treinta días con sus noches a la espera del debut de la selección chilena de fútbol versus la selección de Honduras, empapado en el delirio esquizoide de que hay sólo un país hermoso ( el de uno), pensamiento convergente que por añadidura tenderá a ponerle el balde en la cabeza al fanático a ultranza, quien caerá, sin darse cuenta, en el mal de la miopía, odiando todo lo que se mueva y que no sea la flameante bandera del país de uno.
Afortunadamente, los mejores jugadores, entrenadores y dirigentes nobles de todos los tiempos en la Breve Historia del Fútbol –Jules Rimet, Franz Beckenbauer, Elías Figueroa, Pelé, Maradona, Sergio Livingstone, Leonardo Pollo Veliz, Fernando Riera, Leonel Sánchez, Alexis Sánchez, Harold Mayne Nicols, Claudio Borghi, Marcelo Bielsa y tantos otros- defendiendo, dejando todo en la cancha por los colores propios, jamás cayeron en la psicopatía de no ver que todas las flores son necesarias en el jardín donde caben todas las flores.
Mientras el amor a la patria no se distorsione en irritable chovinismo odioso y el amor deportivo universal domine sobre las bajas pasiones confusas, cómo no gritar conciudadanos ¡viva Chile! cuando la Roja de Todos, nosotros, los adictos a la droga impune del balompié, veamos salir a la cancha, emocionados –cómo no- una vez más, a la oncena popular, bajo el caliente sol hermoso del hermano continente africano.
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